¿Quién observa al que nos observa? ¿Hay alguien detrás de todo y que no se pierde nada? ¿Cuánto de real y cuánto de falso se esconde ante las promesas laborales? ¿Hasta dónde uno es capaz de llegar para alcanzar un empleo?
Las respuestas a esas preguntas llegarán a lo largo de los 13 episodios de “Vigilantes”, la serie que se estrenará mañana a las 23 en la señal TBS especializada en humor (es un canal de Time Warner), disponible en los servicios de televisión paga de la provincia y que está por cumplir cinco años en América Latina.
La propuesta es 100% argentina, desde la idea, el guión y los protagonistas, empezando por su principal figura, Carlos Belloso. “Me interesó de entrada porque el planteo es desopilante y muy disparatada: es una comedia que juega con la observación dentro de la observación, lo cual la torna muy actual como es la total vigilancia que vivimos y la grabación constante con cámaras por todos lados”, afirma en diálogo exclusivo con LA GACETA.
Junto al reconocido actor (referente del under teatral porteño de los 80 con Los Mellis, que le abrió las puertas de la televisión en “Campeones de la vida” y en “Tumberos”, entre muchas otras series y actualmente en el teatro con “Le prenom”) estarán Hernán Jiménez, Ramiro Archain y Lucía Maciel, en el núcleo central de la historia. Los dos primeros son los que pujan por un puesto y tienen la responsabilidad de monitorear la labor de algunos taxistas y de los pasajeros. Como artistas invitados hay referentes del mundo del stand up de todos los tiempos, desde la gran Edda Díaz (cuando el género aún no llevaba ese nombre) hasta Martín Rocco, pasando por Alejandro Muller, Gonzalo Urtizberea, Sergio Boris, Sebastián Fernández y Mariana Prommel, entre otros.
Los aspirantes a empleados de seguridad son, en realidad, conejillos de indias de un experimento de manipulación psicológica, con un objetivo secreto, dentro de una empresa que se llama Panopticus. Su supervisor, el sádico Lombardi (Belloso), los empuja a realizar tareas absurdas, humillantes e incomprensibles, mientras que la atractiva Ludmila (Maciel) deja evidentes señales de su bipolaridad a cada paso.
La serie fue realizada con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), con producción de Winter Channel y guión de Andrés Rapoport y Alejandro Turner, y cada entrega dura media hora. Aún antes de estrenarla, se habla ya de una segunda temporada.
- ¿Cómo es tu personaje?
- Lombardi controla la competencia entre los dos candidatos, y suma o resta puntos en base a las tareas que les encargo cada día. Los tortura desde el primer al último capítulo, con desafíos imposibles. Pero así como a mí me controlan otros desde arriba, que nunca se ven y sólo son voces, ellos controlan a unos taxistas sin que quede claro si estos tienen o no conciencia de lo que está pasando. Todo forma parte de un proyecto escondido, que es siniestro y subterráneo, pero que mueve a una risa con trasfondo sobre cómo nos controlan.
- ¿Hay un fortalecimiento del género en el país actualmente?
- Este proyecto tiene todo el ritmo, el timming, de la comedia de situaciones de color argentino, es nuestro formato con muchas ideas muy buenas e ingeniosas, porque los guionistas locales las tienen y en cantidad. En realidad, la sitcom tiene mucha tradición en la Argentina, aunque se crea que es un género norteamericano. Recuerdo “La nena” o “Balabasadas” (con Carlos Balá) en los 60, por ejemplo, con el público presente en el estudio. Muchas veces se compran guiones del exterior cuando podemos desarrollarlos directamente acá.
- De hecho, si funcionan acá los podés exportar y te transformás en un productor de contenidos.
- Obviamente; lo que pasa es que a veces se cree que traer programas de afuera y hacerlos con artistas de acá garantiza el éxito y no es así. Para arriesgar, lo hagamos con el ingenio argentino.
- El nombre de la empresa refiere a la estructura carcelaria diseñada por Jeremy Bentham en el siglo XVIII, donde los guardias veían todo y de donde nadie podía salir...
- Estamos totalmente expuestos. La idea me acercó nuevamente a “Vigilar y castigar” de Michel Foucault. Vivimos en una sociedad que tiene ese formato. Hay sectores que se relajan, que dicen “sí, estamos controlados por todos lados” y otros denuncian esa situación. A veces, vas de un extremo al otro según cómo estés en ese día: cuando estás feliz, qué te importa que te controlen; y en otros momentos, te sentís en el centro de una conspiración mundial de poderosos que quieren conseguir información de todas las mentes. En “Vigilantes” nos reímos de todo eso, ya pasamos el momento de analizar dónde estamos parados. Yo no soy paranoico, tomo todo de un modo más deportivo, es más real en un futuro que ya llegó.
- Sos de una generación que pasó su adolescencia en la dictadura, donde el control era algo normal.
- Eso ni hablar. Pero también, en un punto, resistimos mucho esa forma de control. Ahora es mucho más sutil y está más escondido, en una mirada única sobre todos.
- ¿La serie desliza algunas señales también ocultas?
- Varios; en un momento, por ejemplo, uno de los personajes está haciendo que lee justamente “Vigilar y castigar”, pero con el libro al revés. Pero la idea base del programa es muy simple y por eso va a funcionar.
- Sos un artista polifacético, que se mueve del drama a la comedia, de la actuación a la dirección de teatro, y de la música a la plástica. ¿Dónde confluyen todos los Belloso que hay?
- Tengo mucha curiosidad y todo me atrae. No soy un virtuoso, sino que sigo aprendiendo todos los días. Siempre estoy armando algo: ahora estoy investigando con un gran cartón que se desarma y se transforma en la habitación de un pintor, pero no sé en qué va a terminar. Cuando actúo o cuando dirijo trabajo distintas ideas hasta que las cristalizo y tomo nota, trato de respetar el oficio y las tradiciones de los géneros y del medio. En los hechos, dirijo como actor, respetando al artista porque sé qué piedra molesta en cada zapato. A mí me hubiese gustado que me toque un director como yo.
El mal dirigente
Su popularidad la consiguió en la pantalla chica, pero en su casa, Carlos Belloso no tiene televisión. “Vi tanta TV de aire que, en un momento, me caí adentro. Es simbólico, pero no hay ni un aparato en casa, así que no veo programas. Sólo tengo Internet, y mayormente por mi hijo Bruno (N de la R: tiene otra hija, Romina), que lo necesita sí o sí o tengo problemas. Si me interesa algo, lo veo on line, por más que sea difícil. Lo que más me atraen son los programas donde se discute sobre política para entender la realidad y saber quién dice qué cosa. La dirigencia está muy errada desde hace bastante tiempo y lo paga la gente de a pie, que no llega a fin de mes. Debería haber una sanción por hacer mal las cosas, no por la ideología que cada uno tenga”, afirma.
Sátrapa titulado
Carlos Belloso es un estudioso de la patafísica, el movimiento cultural francés surgido en el siglo pasado que se plantea el estudio de las excepciones a lo considerado normal y de las soluciones imaginarias a ellas. Por ello, es un “sátrapa”, título que se le otorga a los seguidores de esa escuela, que envían sus trabajos a la sede central en París. “Hay una tradición de fantasía y es un buen entrenamiento para agilizar la imaginación desde una base científica lanzada al disparate, aunque no tenga mucho tiempo para dedicarle. Duchamps, Julio Cortázar, Umberto Eco o Fernando Arrabal fueron sátrapas. Ejerzo como patafísico en mis creaciones”, sintetiza. Estrenan una nueva comedia nacional por TBS